[Columna] Algoritmos y sus bordes deshilachados en la era de internet

3 Mayo 2017

By Nadège

"Las leyes, por sí mismas, no hacen mejor a la gente —dijo Nasrudín al Rey—. Es necesaria la práctica de ciertas cosas para lograr armonizarse con la verdad interior. Esta forma de verdad se asemeja muy poco a la verdad aparente."

El monarca, sordo a la profundidad oculta en aquellas sabias palabras, quiso demostrar apresuradamente que podía imponer la Verdad en su reino. Mandó a todas las personas que moraban adentro de sus murallas que salieran y entregaran una verdad para poder volver a entrar. La mentira costaría sus cabezas.

Y entonces se acerca Nasrudín a las puertas y le dice al Capitán de la Guardia que va camino a ser colgado. Estupefactos se dan cuenta que el sabio les ha colado un jaque mate en menos de un parpadeo. Con una sonrisa remata y dice: «Así es, ahora saben lo que es la verdad: su verdad».

«Como Nasrudin creó la Verdad»

Desde el siglo de los siglos, la inmensidad de la vida ha intentado ser explicada desde las fórmulas y las pócimas, desde los rituales y las oraciones, desde los cuentos y las notas. Cada quien dibuja su mundo, intenta encontrarle sentido, día tras día. De la abundancia desbordante de estímulos, filtramos apenas unas microgotas y a partir de ahí relacionamos hechos, categorizamos, atribuimos emociones, juzgamos, tomamos decisiones...

En algunas jergas, se llaman «heurísticos», atajos mentales que distorsionan las leyes de la lógica y la probabilidad con el fin de procesar una parcela de información a la que podemos acceder en un tiempo limitado para actuar. Dicho así, más que un sesgo o un error de la mente humana, es una brújula que nos ayuda a intuir las corrientes en alta mar.

No sólo buscamos explicar este mundo en su presente sino anhelamos proyectarnos. Acudimos a los oráculos para predecir el futuro, ya sea a través de semillas y cantos como entrando en el portal online de Los Arcanos o CNBC, o quizás acordándonos de nuestro sueño con el primer café del día.

Cómo estas interpretaciones particulares se articulan entre sí es el sustrato de las relaciones interpersonales y cómo convivimos en comunidad. Ya sea de manera consentida o arrebatada, ciertas versiones del mundo toman mayor peso. Estos locus de construcción hegemónicos del conocimiento han mutado a lo largo de la(s) historia(s).

Si bien las figuras de emperadores y gobernadores, como el de nuestro cuento del comienzo, son propensos a una miopía y arrogancia, su ámbito de control está limitado en la medida que no pueden ejercerla, por sí solos, hasta su última fibra. Pero el control no sólo radica en el trono aparente, sino se difumina, adopta las mil cabezas de la Hidra.

Una genealogía en pinceladas

Vamos a pegar un salto temporal. Londres, Noviembre, 1834. Estamos en una ilustre casa cenando, compartiendo mesa con la anfitriona, Mary Somerville y su esposo William, la joven Ada Lovelace y Babbage.

Mary nos encandila con historias de la órbita de Urano y el magnetismo de los rayos ultravioleta mientras mordisqueamos nuestro pudín de ciruela. Babbage contagia a la sala su fascinación por la mecánica: nos cuenta sobre un telar de seda programable y su nuevo proyecto de crear una calculadora mecánica capaz de funcionar sin la ayuda de un ser humano.

De esa noche, brotan complicidades que, entre otras derivas, conducen al primer algoritmo computacional, desarrollado por Ada. Los algoritmos son, en resumidas cuentas, como definía antes los heurísticos: una secuencia de pasos (instrucciones/reglas) claros y definidos para resolver determinada tarea dentro de cierto tiempo.

Durante siglos, las matemáticas árabes, más ávidas por el contexto y resolver problemas «reales» (y no con la cabeza en lo abstracto como los griegos), desarrollaron los principios de los algoritmos y la criptografía.

El boom de los algoritmos, como para gran parte del desarrollo científico y matemático «formal», estalló en la «Revolución Industrial» donde estas disciplinas fungían como innovación tecnológica al servicio de un incipiente capitalismo.

Los algoritmos son, en resumidas cuentas, secuencia de pasos claros y definidos para resolver determinada tarea dentro de cierto tiempo

Un poco más tarde irrumpe la Segunda Guerra Mundial. El joven y tímido matemático Alan Turing contribuye a acortar la masacre desarrollando autómatas capaces de ganarle el pulso a Enigma, la máquina empleada por Alemania para mandarse mensajes encriptados. A lo largo de su vida, Alan crea su ópera prima que heredará su nombre y es considerada eslabón fundamental en las ciencias de computación y la inteligencia artificial.

En la post-guerra, los algoritmos, como muchos avances científicos, brincan del terreno militar al comercial. Martha Poon nos va acompañar en nuestros siguientes brincos históricos y nos presenta tres tipos de algoritmos que esbozan una ecología y genealogía a la vez: los algoritmos que auxilian a los ejecutivos a tomar decisiones en la post-guerra, los algoritmos que son programados dentro de las máquinas y se ajustan a condiciones externas, y los algoritmos que nacen en la era de la llegada de la computadora a la casa (los PCs) y distribuyen información a grandes audiencias.

Los bordes deshilachados de la producción algorítmica

Vamos a situarnos en el último tipo de algoritmo: en los algoritmos de la era de internet. Internet funciona básicamente a través de algoritmos: desde cómo se transmiten físicamente los datos y cargas un sitio web en tu navegador, hasta cómo se aseguran tus compras en línea, buscas un restaurante donde cenar (y la cita a través de Cupid o Tinder) y si te dan el seguro de vida o el crédito bancario.

Google nos brinda servicios personalizados y cómodos a cambio de que le seas fiel

Los algoritmos no son hitos en la Historia ni el problema es, en sí, que aislen audiencias o sean discriminantes. No son códigos con malas consecuencias o simplemente hegemonías que nos oprimen.

Las hegemonías son constantemente negociadas en sociedad decía Gramsci. Google nos brinda servicios personalizados y cómodos a cambio de que le seas fiel. Podría parecer un intercambio beneficioso para ambas partes. Astrid Mager enmarca los algoritmos como la fusión de una supraestructura ideológica y una base material económica donde cada clic perpetúa el sistema capitalista.

Mager argumenta que la acumulación del capital, el poder y su capacidad de definir (los modos de vida) a una escala transnacional está estrechamente mediada por los nuevos medios, pero, como las empresas de internet no operan en un vacío, tenemos que ir más allá de la economía política e incluir marcos ideológicos, prácticas materiales y factores sociopolíticos a la hora de realizar un análisis profundo.

Las hegemonías son constantemente negociadas en sociedad

Tarleton Gillespie también pone el foco en el constante proceso de producción algorítimica como una justificación social, un mecanismo de legitimación. Nos invita a viajar hacia sus bordes que se deshilachan: las inconsistencias y titubeos de su censura, manipulación y discurso. Google se escuda en su neutralidad técnicamente impecable para negarse a sacar de su índice contenidos con discurso de odio, pero sí retira el meme racista de Michelle Obama o se niega a sugerirte determinadas cosas en la barra del buscador.

Tarleton coloca el dedo en la llaga: la sensación de proximidad. ¿Qué voz creemos que tiene el algoritmo y qué efectos se despliegan? No es lo mismo que Google muestre una lista de links, a que cargue una miniatura de una foto o que diga por ti qué buscas. ¿Y si además esa sugerencia es una voz simulada? Que Siri, el asistente personal desarrollada por Apple, no sepa dónde puedes abortar no significa que lo esté censurando.

En realidad, muchos de los colectivos y organizaciones que acompañan la interrupción del embarazo no deseado o directamente no tienen sitio web (porque optan por no ser públicas o lo consideran inseguro o no tienen acceso a crearse uno) o no utilizan (de nuevo, porque no quieren o no saben) palabras clave que Siri pueda interpretar. Y entonces podrías decir que simplemente no es suficiente un algoritmo.

La danza de la intuición y lo efímero en tiempos de comodificación fetichista

Y si es así: ¿podemos hablar de algoritmos feministas? ¿Tiene sentido engordar el big data con números sobre nosotras? Y si lo hacemos, ¿implica que van a «tenernos en cuenta» o «contarnos»? ¿Jugamos a bailar el agua? ¿Nos «infiltramos», aprendemos sus reglas, nos hacemos con el «know-how» para destapar la caja negra?

Y está esa voz que nos susurra: «sí, pero van a seguir haciéndolo y desde afuera no podemos cambiar el sistema» y entonces volvemos y hablamos de regulación: dinos de dónde vienen esos datos y permite a las usuarias descargar los suyos, afina las leyes para delimitar bajo qué condiciones se aplican, transparenta tu código que lo vamos a revisar y también vamos a desarrollar tecnologías libres en este ámbito, de hecho, todo ésto debería ser infraestructura pública…

Y si es así: ¿podemos hablar de algoritmos feministas? ¿Tiene sentido engordar el big data con números sobre nosotras?

Es una trinchera tremendamente necesaria que estemos allí, pero en paralelo, tenemos que seguir cultivando y ampliando los espacios de reflexión, discusión y acción. Mutar-nos como sociedades si queremos transformar las tecnologías.

¿Cómo nos relacionamos con estas tecnologías hegemónicas y übereconomías emergentes? Más allá de la «consciencia» (del «awareness»), ¿cómo se inscriben nuestros valores en nuestro día a día? ¿Cómo opera la comodificación fetichista, la cuantificación de la vida, las nuevas maneras de precariedad en el e-labor? ¿Cómo se hace cuerpo la información que procesamos y el ritmo de sus flujos? ¿Cuál es mi sentido de pertenencia con aquella audiencia -que a veces hasta nombro o nombran como comunidad- en esa plataforma? ¿Qué delegamos, qué consentimos, qué nos arrebatan, qué desaprendemos? ¿Cómo dibujamos y entretejemos nuestras memorias, historias, culturas? ¿Cómo danzan las intuiciones, lo efímero, lo difuso?

Imagen: La hoja de la arena

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