Datos: la nueva palabra de cinco letras para decir feminismo

1. Existencia “datificada”


En términos de “datificación”, la posmodernidad enfrenta un dilema kafkiano: “¡Somos porque somos rastreados/as!”


Desde las ciencias sociales, hasta las películas de ciencia ficción, se ha pronosticado una sociedad controlada por una inteligencia algorítmica como si fuera el resultado inevitable de nuestra naturaleza humana compartida. Esto tiene sus motivos. Vemos muestras por todas partes de un crecimiento explosivo del volumen, la velocidad y la variedad en la producción de datos. El trabajo afectivo y cognitivo de nuestras interacciones sociales en línea produce una información invalorable para el capitalismo actual. Y tecnologías tales como la identificación por radiofrecuencia (RFID, por su sigla en inglés) e Internet de las cosas aseguran una inclusión digital total de lo físico. En términos de “datificación”, la posmodernidad enfrenta un dilema kafkiano: “¡Somos porque somos rastreados/as!”.


Un régimen de datos muy generalizado está transformando todas las instituciones y actividades sociales. Se habla de inteligencia comercial para referirse a grandes sistemas informáticos dedicados a aumentar la eficiencia de la producción en serie, la personalización de servicios y la segmentación del mercado. El acceso a datos de comportamiento social es fundamental para el control monopólico de los mercados. Tomemos, por ejemplo, el caso de Monsanto. En 2013, adquirió la empresa de datos científicos Climate Corp, con la intención de consolidar su poder de mercado monopolizando el acceso a valiosos datos sobre ciclos productivos del campo. Monsanto, que empezó siendo una compañía de productos agrícolas, pasó ahora a dedicarse a inteligencia de mercado y prevé una ganancia de 20 mil millones de dólares. Como es evidente, el control de los datos le permitirá a esta controvertida empresa (que se autodefine como una firma agrícola “sustentable”) tener una influencia directa en la toma de decisiones a nivel de granjas y productores y productoras agrícolas, diciéndole a clientes y clientas qué deben comprar. Apple y Google han decidido aventurarse en la industria automotriz a fin de captar la oportunidad comercial emergente de personalizar la experiencia de conectividad de usuarios y usuarias dentro de sus automóviles.


Desde la A de Amazon hasta la Z de Zomato, ha surgido un nuevo alfabeto que reifica a una sociedad de plataformas, donde el capitalismo ya no es un sistema económico, sino el orden social. Las inquietudes feministas en cuanto a la justicia social y la igualdad se encuentran dentro de esta crisis existencial debida a una excesiva valorización de las decisiones basadas en datos, que se extiende hasta invadir todos los territorios, cual omnisciencia que no se arredra ni ante la política. Las elecciones se pelean y se ganan sobre la base de un control mental basado en datos y el desarrollo es un “endiablado problema” que se puede arreglar con la infalible previsión de los datos. El nuevo mantra reinante no solo en la burocracia internacional del desarrollo que hay detrás de la United Nations Global Partnership for Sustainable Development Data (Asociación Mundial de Naciones Unidas para el registro de datos de desarrollo sustentable), sino también entre los filantrocapitalistas de la Clinton Good Initiative y los tecnogerentes de los sistemas de previsión social, parece ser “(aprovechar) el poder de los datos para transformar el discurso en acción”.


¿Cómo deberían ocuparse las feministas del desafío de vivir en un mundo datificado? ¿Cómo se debe entender el sí mismo y su socialidad en esta coyuntura, en términos feministas?


2. Una lectura feminista del datascape


Entonces, ¿cómo deberían ocuparse las feministas del desafío de vivir en un mundo datificado? ¿Cómo se debe entender el sí mismo y su socialidad en esta coyuntura, en términos feministas? Nos dedicamos a responder estas preguntas en las secciones siguientes, analizando primero qué implican los métodos y sistemas de datos institucionales para las inquietudes y las luchas feministas.


2.1 Reproducción social en una socialidad neoliberal


Como ya se dijo, la expansión de la economía de datos ha surgido en paralelo con un nuevo modelo de capitalismo – una sociabilidad neoliberal – en el que el trabajo inmaterial de usuarios y usuarias digitales – actos de amor y cuidado – se convierte en paquetes de datos sobre comportamiento expropiados por intereses privados. “Todo lo que alguna vez fue externo a la lógica económica, como la amistad, ahora ha quedado incorporado.” Facebook no sólo te animará a desearle feliz Día de la madre a tu mamá, sino que además te sugerirá cómo expresar tu amor, atormentándote con descuentos en todo tipo de cosas rosadas.


Al hacer del afecto un fetiche, ejerciendo un rodeo así en la vida cotidiana, sólo queda que el trabajo reproductivo "vuelva a su mundo místico”.


El surgimiento de la “economía colaborativa” complica la materialidad del trabajo del Tercer Mundo, sobre el cual se erige el edificio del capitalismo de red. Dado que apela a las virtudes del/a consumidor/a responsable – que comparte taxis y entrega su sillón –, representa paradójicamente a una sociedad interdependiente de forasteros altruistas. La conectividad datificada pasa por alto el hecho de que la comunicación y la producción en línea dependen de actividades económicas – minería, microchip y producción de la tierra extraña – que, tal como están organizadas en el presente, son extremadamente destructivas, a nivel social y ecológico, agotando los ecosistemas locales de mujeres y explotando sus cuerpos. Al hacer del afecto un fetiche, ejerciendo un rodeo así en la vida cotidiana, sólo queda que el trabajo reproductivo "vuelva a su mundo místico”, lo que implica que para reproducir gente se pueden producir “emociones” y “sentimientos”.


Por lo tanto, algo que resulta clave para el feminismo son los lazos afectivos; cuánto pueden ayudar la conexión y la coexistencia en la coyuntura contemporánea para establecer asociaciones e intersubjetividades significativas, más allá de la lógica del capitalismo.


2.2 La "violencia epistémica" de la toma de decisiones basada en datos


La suposición a priori de que la mayor cantidad de datos y el pleno uso de los mismos puede generar un desarrollo sustentable es característica del discurso actual del desarrollo. El consenso inequívoco y generalizado es que el mundo que necesitamos, es un mundo de datos. El lanzamiento de la Global Partnership for Sustainable Development Data (Asociación Mundial por Datos del Desarrollo Sustentable) que hizo Naciones Unidas en septiembre de 2015 ejemplifica esta forma de pensar. La iniciativa logró reunir a más de 70 gobiernos, grupos de la sociedad civil, organizaciones internacionales y redes de expertos de todos los rincones del mundo para “fortalecer la toma de decisiones basada en datos” a fin de alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sustentable.


Este nuevo estilo de las tecnosoluciones es lo más nuevo de una serie de actos de “violencia epistémica” que desencadenó el modelo de desarrollo de Westfalia. Los proyectos burocráticos de desarrollo y empoderamiento apuntan a crear una nueva y valiente civilización técnica en la que los seres humanos se dividen en dos clases: “ingenieros sociales” (léase hombres, blancos y privilegiados) que definen cuáles son los problemas y los/las “dirigidos/as”, que sólo son objeto de la acción de otros (léase mujeres subalternas). La ideología de los datos, que es la que conduce a los y las responsables de formular políticas hacia esta utopía, implica que los algoritmos determinen el diálogo y el debate, e incluso que lleguen a reemplazarlo. Cada ciudadano y ciudadana recibe un servicio, en forma individual, como cliente cuyos datos se convierten en la base de la gobernanza. Las deliberaciones se manejan a través de la tecnología, con una fe ciega en la representatividad de los Twitter town halls. Y se supone que el trabajo en pos de la ciudadanía activa de las mujeres se lleva a cabo cerrando la brecha digital de género. Así, se extorsiona a la ciudadanía con el “complejo de datos de la red” – una poderosa alianza entre “grandes empresas de tecnología y los gobiernos, que son sus benefactores” - y se impulsa un modelo capitalista y neoliberal de desarrollo.


La acción feminista tiene que desafiar la creencia esencialista de que los datos constituyen una verdad a priori y el universalismo de que los datos pueden representar toda la verdad.


En esta reestructura de la sociedad, no hay lugar para “esa dimensión de lo político que implica convertir la verguenza privada en un reclamo público, la oscuridad y la ceguera privadas en luz y visibilidad pública”. Participación equivale a acceso a la tecnología, mediatizada por el espectáculo de la democracia. En este orden algorítmico de participación, los puntos de vista visibles de las personas marginadas y sus reclamos ético-políticos, que se presentan como expresiones de disenso, no sólo se vuelven menos plausibles sino que, simplemente, quedan desprovistos de legitimidad.


La acción feminista en esta transformación de la esfera pública y la democracia tiene que desafiar la creencia esencialista de que los datos constituyen una verdad a priori y el universalismo de que los datos pueden representar toda la verdad.


Teniendo en cuenta que los datos habilitan sin duda una poderosa reconstrucción de la realidad, el proceso por el cual tales datos constituyen conocimiento para el cambio transformador se debe basar en debates ético-políticos más profundos. Trastornado por las complejidades de la ética y la política, un mundo de datos como el que conocemos puede desembocar en un absolutismo que pondría en peligro la esencia de la democracia tal como la conoce el feminismo.


2.3 Pérdida del auténtico yo (self)


La conectividad personalizada se predica sobre un modelo de socialidad egocéntrico.


Bajo el “super panóptico” que marca nuestra existencia digital, se producen sujetos por “redes de vigilancia”, es decir, el discurso de las bases de datos que recurren a identidades dispersas y diversas – cada una de las cuales aparece en las transacciones que se realizan en línea. Su contraparte corpórea puede no ser conciente, siquiera, de la existencia de esos sujetos de datos, y los sujetos pueden no parecerse a ella. Al ser y convertirse en aquello según lo cual la nombran desde("yo soy" y "a mí me gusta", hasta "tú eres" y "te gustará") tanto poderosas empresas cuanto el aparato estatal, el sujeto de vigilancia va siendo disciplinado por la fragmentación de sus identidades digitalizadas. Basta con pensar en la manipulación que hace Facebook de las elecciones de sus usuarios y usuarias a través del algoritmo de noticias, o la vigilancia específica del comportamiento reproductivo de las madres solas a través de los regímenes de seguridad social. Las bases de datos, en ambas instancias, fomentan el control remoto de conductas y comportamientos.


La conectividad personalizada se predica sobre un modelo de socialidad egocéntrico. La avidez de datos lleva a los individuos a “encerrarse en sí mismos, mirando con envidia a los y las demás”. El valor propio se mide cada vez más según el grado de popularidad – los "me gusta" que se reciben en los medios sociales y, en consecuencia, la autovigilancia que hay que llevar a cabo para ser más y más deseable. Como observa con tanta inteligencia Morozov, nuestra entrega voluntaria de datos personales no tiene nada que ver con el bien público: “Somos demasiado tacaños como para no usar los servicios gratuitos que subsidia la publicidad. O, queremos monitorear nuestro estado físico y nuestra dieta, así que vendemos los datos”.


El paradigma actual de conectividad subraya así la crisis ontológica, ética y política por la cual los individuos se constituyen de, y como, datos.


3. Datos y democracia


Si bien las profundidades de las crisis éticas, sociales y políticas de la sociedad posmoderna en red no se entienden ni se debaten en profundidad, hay quienes reconocen que la pérdida de poder de las plataformas señala una crisis de gobernanza, sobre todo de la gobernanza de los datos. Después de Snowden, la compleja red de datos también quedó expuesta como una falla geológica de la economía política internacional y el autoritarismo de estado. Las organizaciones intergubernamentales y los gobiernos progresistas empezaron a tomar debida nota de estas transgresiones, estableciendo diferentes medidas para impedir tales violaciones, sobre todo desde el marco del derecho a la privacidad.


En 2013, la Asamblea General de ONU adoptó la resolución 68/167, ratificando así la inviolabilidad del derecho a la privacidad en línea y en los espacios fuera de línea. Esto tuvo continuación en abril de 2015 con el nombramiento del Relator Especial sobre derecho de privacidad, que llamó la atención sobre la situación de vigilancia generalizada, "peor que Orwelliana", en la que vivimos. En abril de 2016, el Parlamento Europeo realizó cambios de largo alcance en la regulación existente sobre privacidad, ratificando el derecho de ciudadanos y ciudadanas a ser olvidados/as, así como su derecho a los datos portátiles, otorgando a los organismos reguladores el poder de imponer multas muy altas a los actores del sector privado que violen dichas normas. Estas medidas generaron reacciones mixtas en esta primera etapa en que las leyes y los mecanismos institucionales intentan ponerse al día. Otros, como el Foro Económico Mundial, han estado preocupados con la búsqueda de “buenas prácticas” para proteger adecuadamente la privacidad en grandes sistemas de datos – destacando la importancia de realizar una buena distribución a la hora de almacenar paquetes de datos, contar con los debidos procesos de autorización para recombinar dichos paquetes de datos, garantizar auditorías automáticas y a prueba de manipulaciones, y el uso de vistas de bases de datos SQL pre programados que solo permitan “respuestas a las preguntas sobre los datos, en lugar de los datos mismos.”


Muchas de esas recomendaciones, originadas en posiciones liberales, consideran que el derecho a la privacidad equivale a entender que en la vida de todos los individuos hay una esfera de “soledad, intimidad y confidencialidad” en la que no deberían entrometerse ni el estado, ni ningún otro actor. Esta perspectiva ha sido históricamente desarrollada para frenar los excesos estatales que se cometen contra las libertades personales – y en el contexto actual, se ha vuelto una base fuerte para enfrentar los esfuerzos estatales a fin de crear sistemas biométricos y de vigilancia generalizada.


Sin embargo, desde un punto de vista feminista donde “lo personal es político”, las consideraciones sobre privacidad en una democracia deben pasar la prueba desde los dos extremos. Es importante entender que los individuos tienen intereses legítimos en diversas formas políticas y personales de libertad e igualdad. De modo que el derecho a la privacidad implica tanto un mínimo común a todos y todas de privacidad informática, física y de toma de decisiones (una habitación propia), vital para tener una vida público-política floreciente, como el deber de contar con una publicidad proporcional al poder social (dado que los individuos no pueden tener exactamente las mismas necesidades en términos de privacidad). En todo momento, el interés público general y el ámbito de lo privado deben considerarse en tandem. Este es el marco del que surge el principio número 11 de los Principios feministas para internet de APC: “(...) la posibilidad de acceder a todos nuestros datos personales en línea y la capacidad de controlar esa información, lo que implica saber quién tiene acceso a la misma y en qué condiciones, y la posibilidad de borrar nuestros datos para siempre”. Este derecho debe equilibrarse con el contrapeso del derecho al acceso a la información pública, la transparencia y la responsabilidad.


No hay ni un derecho absoluto a la privacidad, ni una apertura por defecto.


Otra forma de participar en el debate sobre privacidad es darse cuenta de que la privacidad y la apertura son dos caras de la misma moneda. Esto nos ayudaría a entender que los discursos ideológicos que promueven la “publicidad” de los datos (en el sentido de hacerlos públicos, entre cuyos mejores ejemplos figura el informe del Grupo Revolución de datos de Naciones Unidas), o la apertura de todos los datos (como el discurso de datos abiertos), no son necesariamente antitéticos a la idea de la privacidad. Como observa Vasil Terziev en su blog, “la motivación subyacente a la privacidad y la apertura en las personas procede de la misma idea de tener el control sobre lo que uno/a elige ... (así que) no debería existir separación entre protección de datos y regulaciones de apertura, sino más bien un marco que controlara sin dejar de promover la información abierta”.


No hay ni un derecho absoluto a la privacidad, ni una apertura por defecto. No se puede exigir que todos los datos se pongan en el dominio público, ni siquiera si fueron creados con fondos públicos. Las suposiciones a priori en este sentido pueden comprometer, irónicamente, el interés público, abriendo la vida privada de los individuos a intereses particulares. Por lo tanto, qué datos son públicos y cuáles tendrían que mantenerse privados debería ser una decisión política crucial, específica para cada contexto, y basada en marcos legales e institucionales.


El trabajo de expertos P2P en los grandes fondos comunales de datos nos brinda la oportunidad de imaginar los acuerdos institucionales esenciales para promover esta visión. Como se dijo en el recurso en línea Big Data in Our Hands, la solución podría encontrarse en “la creación de un gran conjunto de datos anónimos como base para la construcción ... (a) un gran fondo comunal de datos.”


Para crear este equipo, algunos principios claves serían:


– A nivel individual: usuarios y usuarias ya no entregan tan fácilmente sus datos

– A nivel regulatorio: se puede cuestionar la monopolización de los datos

– A nivel social: la gente puede participar (a) en una parte existencial de su entorno [por ejemplo, creando y compartiendo datos], (b) en procesos políticos (toma de decisiones en la elaboración de normas, distribución, etc) y (c) en procesos económicos (en los que “mis” datos se convierten en un recurso potencialmente económico que yo mismo/a puedo explotar, o dejar que lo hagan terceras partes).


Un enfoque feminista implicaría redefinir esta crisis de subjetividad y socialidad mediante una práctica comunitaria y de conexión.


Pero ¿qué resolvería la contradicción fundamental de una sociedad datificada, fragmentada, es decir, la pérdida generalizada de la confianza? ¿Cómo podríamos ocuparnos de la marginación de los modos de conocer de las mujeres y la destrucción de la vida democrática en general, mientras la tiranía de la ideología de los datos invade la toma de decisiones políticas?


Adoptar un enfoque feminista implicaría redefinir esta crisis de subjetividad y socialidad mediante una práctica comunitaria y de conexión. Este punto de partida se basa en el imperativo feminista de definir y reclamar la democracia, además de concebir un paradigma social mediatizado por internet que promueva la justicia social y la equidad. En esta práctica radical, los datos ya no serán meros recursos económicos, sino el fundamento de una nueva ontología ciudadana que constituirá un reto a los profundos códigos patriarcales de las arquitecturas informacional y legal-institucional subyacentes a la democracia cotidiana. Un fondo comunal de datos para el futuro próximo no puede basarse entonces solamente en la lógica del mercado. Tiene que responder a las esperanzas y la indignación de las mujeres más marginadas y las minorías de género, poniendo los datos al servicio de una nueva inteligencia cívica que privilegie su autonomía y autodeterminación en todas las esferas de la vida. Los marcos institucionales proporcionales a este imperativo deben promover activamente las condiciones que habiliten aplicaciones de conectividad no comerciales, promoviendo la agencia tecnológica y política de las mujeres, además de su ciudadanía y asociación. Así, se generarían múltiples mini públicos capaces de gobernar sus propios datos según el interés público general.


No se trata de un ideal romántico. Hoy existen experimentos en la vida cívica, entre los que se encuentran Ugly Indian, la municipalidad española y los movimientos ciudadanos de Open Source, que apuntan a la posibilidad de poner en práctica procesos comunitarios desde las bases y participar en instancias de autodeterminación y soberanía en un mundo globalizado que usurpa el control local. Si bien esta práctica reconoce implícitamente que la pequeñez de los datos y la comunidad es igual de significativa que si es grande, deja abierta la cuestión del patriarcado y el poder en base al género para poder imbuirla de una lucha más profunda por democracia, y mezclarla con tal batalla.


Las mujeres más marginales están empezando lentamente a involucrarse en políticas informáticas. Tecnoactivistas feministas están aportando nuevas perspectivas a los códigos. Pero estas agrupaciones incipientes deben forjar conexiones con el fin de crear un movimiento de datos, información y conocimiento locales que genere espacio para mucho más que el entusiasmo con las aplicaciones; tienen que enfrentar las condiciones de exclusión que enajenan a las mujeres y les impiden ejercer plenamente su ciudadanía. En este “datosaje” (datascape) alternativo, un ápice de soberanía de datos para las comunidades – como mini públicos – no es negociable. Lamentablemente, la ética de datos y los mecanismos institucionales asociados para los datos para la democracia rara vez son tema de debate a nivel nacional e internacional.


Esto nos lleva al último punto y es que catalizar y apoyar mini públicos feministas como fuerza potencialmente disruptiva para la democracia y la justicia de género implica nuevos imaginarios y acuerdos de gobierno, a fin de preservar y alimentar al menos en parte a internet como fondo comunal social, no comercial. Sólo mediante prácticas alternativas de datos a cargo de múltiples mini públicos se podrá desafiar las prácticas hegemónicas de datos y la impunidad de sus actuales amos.


Imagen artística "Fragmenta". Detalles de la artista Micaela Lattanzio aquí.