EL GLAMOUR DE ALEXA, O LA FANTASIA DEL CONTROL

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Mujeres en Rajasthan, India

Desde el norte me cuentan que lo que ahora pega en las festividades del consumo es regalarse un asistente de voz. O debería decir: una asistente. Estos artefactos, comercializados por amazon o google, son altavoces para poner en casa, y están llenos de micrófonos. Son lo último en esmartificación, y tienen nombre casi siempre de mujer.

Los del marketing quieren esmartificarnos las casas, o sea, volverlas "inteligentes" con estos dispositivos que están siempre a la escucha, día y noche, grabando lo que decimos, pendientes de que digamos su nombre para hacer algo. Pretenden escuchar y entender nuestros deseos y realizar lo que les pedimos. Para ello tienen que enviar nuestras grabaciones a sus centros de datos. Me parece que los listos son ellos.

Las Alexas se comunican, además, con otros dispositivos modernos. Aspiradoras, calefacción, luces, o repartidores de pizza: “Alexa, ponme la música de los ochenta”; “Alexa, acabo de llegar del laburo y estoy agotada, pedime comida para el perro y por favor, calculá cuántos gramos son seis onzas de harina, que no me aclaro con estas recetas globalizadas”.

 

Y me dirán, ¿y cuál es el problema si las familias blancas heteronormativas de clase media en el norte, la diana de este producto si miramos su publicidad, se autocomplacen con estos simulacros? El problema es que, por consecuencia, acá en el sur lo vamos a sufrir en cosa de un par de años. Miren lo que pasó cuando al señor Ford se le ocurrió que cada familia de los suburbios necesitaba un auto. Como decía alguien, el futuro ya está aquí, sólo que distribuido de forma desigual.

Para colmo, cuando le preguntas, Alexa se define a sí misma como "feminista". Y yo aguanto muchas cosas, pero eso sí que no.

¿Por qué voz de mujer, blanca, educada y sumisa?

A la crítica le ha molestado que las Alexas, Siris, Cortanas y demás hablen con voz de mujer. ¿Por qué necesitan género, robots?. Sus inventores responden que así les ha gustado más a los y las consumidoras. Una voz de mujer tranquiliza y da confianza, dicen.

Considero que es una crítica miope. Piden que haya voces de hombre, para poder elegir. Eso es ignorar que esa voz de mujer sin matices, sin acento, sin ningún rasgo prominente, es, por esencia, blanquísima, o sea, en absoluto racializada porque esa es precisamente la esencia de la blanquitud: crear una falsa normalización donde las que están racializadas son las demás, las excepciones.

Sobre todo esa voz blanca, femenina, educada y sumisa hasta el punto de no responder cuando la insultas, es una afrenta a la memoria de lo que fue y sigue siendo el servicio doméstico, una de las formas actualizadas de la esclavitud. Que se lo digan a la Chola Bocona, una ex-trabajadora del hogar (1).

 

Que alguien diga que tiene servicio doméstico, empleada del hogar, sirvienta, o como le llamen en sus territorios, no es ya visto en todas partes con aprobación. Ya no se envía al criado, se pide un moto-boy desde el celular (2). Las familias de clase media no tienen chófer, te llaman un Uber; en ciertos países ricos no hay servicio doméstico, pero es una señora migrante la que limpia el airbianbi, y dado que criada es un término del pasado, ahora se dice que "una chica te ayuda a limpiar la casa los jueves".

Es paradójico que sea una voz blanca la que viene a invisibilizar la relación tras muchos de esos trabajos, que siempre han sido y siguen siendo muy negros, negrísimos, marrones y amarillos.

La tecnología avanzada invisibiliza a los que la hacen posible

Hay algo en esta fantasía retro-futurista que concibe el hogar como una nave espacial hipertecnológica. Y creo que cumple un deseo muy antiguo.

Es una escena clásica: viaje espacial, la tripulación hiberna. Sólo está presente el robot que pilotea la nave. Hoy, la nave está en llamas -colapso energético, climático, ecosistémico-, pero nos consuela poder elegir el tono de la luz, y el que una voz sensual nos recite el tiempo que hará fuera.

Dicen que la tecnología avanzada desaparece a los ojos, se vuelve invisible. Pero más bien lo opuesto: invisibiliza aquello que la hace posible. Personas mal pagadas hacen trabajos con poco glamour, pero la persona que habla con Alexa nunca va a verlas porque la fantasía del control de la máquina esconde la interacción humana.

No verá a las mujeres que fabricaron su iPhone, con pañales porque un retraso en la línea de montaje significa despidos. Ni verá al conductor del Uber que llega a la puerta, quien duerme cuatro horas de lunes a sábado afuera de un café porque pierde tiempo si va hasta casa.

 

La clase media pierde poder adquisitivo, y encuentra sustitutos para los símbolos de su status quo: los emprendedores prefieren contratar un asistente virtual en Filipinas por 2.50 dólares para hacer el trabajo de la secretaria personal, y no hay que pagarle seguridad social (3). El Turco Mecánico, de Amazon como Alexa, paga migajas por las tareas demasiado baratas como para ser automatizadas (4). El asistente virtual no pide un salario, pero entra en el hogar a simular que trabaja porque las empresas que lo crearon hallaron una manera de monetizar esta interacción.

La fantasía fundamental es que haya una innovación descarnada que está, finalmente, a nuestro servicio. Suena también a una cierta perversión: habría un placer sádico en dar órdenes a algo, y no hay que ser muy lista para darse cuenta de que detrás del algo hay, en algún lugar, alguien.

Hablarle a las máquinas y convertir al consumidor en un sensor andante

Una buena amiga de India me contaba que hace unos años, trabajando un verano en el negocio familiar en la azotea de una casa de huéspedes, se entretuvo charlando con un señor de gafitas redondas. Justo terminó un proyecto importantísimo que había salido muy bien. ¿Y en que área, si me permite? Es una nueva tecnología, reconocimiento de voz y pro-ce-sa-mien-to del lenguaje natural. It's complicated. Le brillaron los ojos a mi amiga. Le preguntó si no se referiría, por casualidad, y si le perdonaba la indiscreción, al producto conocido como Siri, que se presentó haría un par de días en Cupertino, California.

Es como si viera la cara atragantada del tipo. Él disfrutaba unas merecidas vacaciones, en un pueblo remoto de Rajashtán, lejos del estrés de Silicon Valley. Invisibilizar a la gente significa que la camarera con acento indio que sirve el desayuno no lee los periódicos. Y mucho menos va a tener opinión propia sobre los debates en el mundo de la Inteligencia Artificial.

Lo de hablarle a la máquina, y que ésta nos entienda, no es nuevo. Era una promesa fallida en los noventa, porque faltaban desarrollos para hacerlo posible. Más poder de cómputo, sí, pero había este debate entre la escuela que sostenía que la máquina tenía que ser más inteligente con mejores algoritmos, y aquella que argumentaba que lo que hacía falta era reunir muchísimos datos, y analizar los datos de forma estadística, y que así se conseguiría hacer mejores predicciones (5).
 

Las condiciones han favorecido este segundo enfoque. Cualquier minero tiene en su bolsillo una máquina miles de veces más capaz que la que aterrizó una nave en la luna, pero su valor es el de estar permanentemente conectada, gracias a su batería, al litio y el coltán malvendidos desde el sur, extraído por mineros como él. El mayor valor de ese teléfono inteligente está en que medirá en cada momento dónde está y qué sucede a su alrededor: en qué calle hay trancadera, cuánto se demora su dueño en cada comercio, a qué hora se va a dormir. El objetivo no es dar un servicio, sino convertir al consumidor en un servicio, un sensor andante, que les provee de datos en tiempo real.

La máquina nos conquista con su amabilidad, y ahora la invitamos también a la intimidad de nuestro hogar por esa promesa de facilitarnos la vida: quién no quiere reducir el tedio y delegar tareas aburridas. Pero, a cambio, la máquina mete bien el pie en la puerta.

 

Decían, ante las primeras críticas, que no había una persona escuchando lo que le deciamos a Alexa, que eso era purita paranoia de gente inculta y aversa al progreso. Y mire usted que resultó al final que sí, que ahí estaban las personas escuchando lo que se decía en nuestros salones y nuestros dormitorios (6).

Así somos las hackers

Por todo esto mi amiga en Rajahstán, que acababa de finalizar sus estudios de ciencias de la computación y soñaba con hacer su doctorado en Human Interaction Design, tenía muy claro que lo de Siri, mas allá de un juguete para las niñas ricas que juegan con sus iPhones, no iba por el buen camino. La voz será un mecanismo de interacción futurista, pero el viejo teclado de mi compu me permite escribir a la velocidad del rayo, y a cambio no me exige estar conectada a la red 24 horas para realizar cualquier tarea. El teclado no hace nada cuando yo no aprieto las teclas, y no revela casi ningún secreto sobre mí.

Pero mi amiga, la sirvienta, era invisible para su interlocutor, que con desprecio zanjó la conversación y dirigió su mirada a su dispositivo. En una conversación normal mi amiga le hubiera dicho un par de cosas al tipo de las gafas redondas. Pero lo pensó dos veces y concluyó que no iba a ganar mucho diciéndole a él y su compañía por dónde podían meterse mejor el reconocimiento de voz, y todo lo que vendria detrás en la década siguiente.

Creo que no dije que a mi amiga la conocí en un foro hacker. Esperó a que el hombre eligiera su desayuno, dejó pasar veinte minutos y se disculpó por el retraso en la cocina. No le sorprendió cuando el cliente se quejó porque, cosas de la vida, la wifi había dejado de funcionar mientras se enfriaba el café. Le invitó a conectarse a otra, que debería ir mejor. Repitió la contraseña tres veces, y ante la frustración creciente del hombre para el que la frase resultaba ininteligible, sugirió tímidamente si no quería que la escribiera ella misma.

Estoy segura de que sonreía, mi amiga, mientras simulaba teclear con torpeza en el pequeño y reluciente dispositivo. Poco podía imaginarse el jefe de proyecto que, en realidad, los dedos ágiles de la mesera invisible navegaban el menú de configuración hasta encontrar y memorizar otra contraseña más interesante, la de su Apple Mail. "Ja-lli-yan-walla-punto-punto-punto-exclamación-bagh-me-in-vasant", repetía la clave de la wifi en voz alta, no era tan difícil.

Estuvimos riéndonos durante meses. No puedo asegurar, pero tampoco desmentir, que fuera así que se destapara algún escándalo sobre la cultura sexista dentro de Apple (7). Ya saben que puedo estar inventándomelo todo. O no. Así somos las hackers: nunca puedes fiarte de una, y mucho menos de la que te sirve el desayuno. "Jalliyanwalla", tecleaba y repetía mi amiga con su precioso acento rajashtaní (8). Jalliyanwalla, indeed!
 

Responses to this post

Para continuar reflexionando y debatiendo, es interesante leer un artículo en El País de España, que señala que los empleados de Amazon escuchan a diario conversaciones de los/las usuarios/as con Alexa para "mejorar la experiencia del cliente" https://elpais.com/tecnologia/2019/04/11/actualidad/1554992401_521050.html
Posted on 05/08/2019 - 13:14 | Reply

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