Illustration by Tabriz Ghazi for GenderIT.

Maliha, un hombre trans, fue amenazado con ser expuesto ante su familia por una mujer cis en Karachi, Pakistán. Esta amenaza le provocó ataques de pánico y le llevó a desactivar temporalmente sus cuentas en las redes sociales.

Maliha buscó ayuda psicológica, pero temía que los profesionales pudieran revelar su identidad. Su familia extendida, que ya sospechaba de su identidad de género, repetía con frecuencia comentarios en contra de las personas trans. Después de meses de recibir contenido en contra de las personas trans de sus primos, admitió: “Ahora tengo muchas dudas sobre si mi transgeneridad es válida”. Esa duda, explicó, le ha hecho sentir la necesidad no solo de demostrar su identidad a los demás, sino también a sí mismo.

Un tema recurrente que Maliha notó en las conversaciones con su familia y sus colegas era como se referían a la declaración de Donald Trump “solo hay dos géneros, masculino y femenino”. Para ellos, esto era una prueba de que “incluso el gobierno de los Estados Unidos reconocía sus propios errores”, una supuesta reivindicación de sus creencias anti-trans. Después de años de búsqueda, Maliha ha encontrado un terapeuta que le apoya y con quien trabaja para procesar el trauma de sentir que su transgeneridad es constantemente invalidada. 

A medida que atacan a los defensores de los derechos trans en Pakistán algo resulta cada vez más evidente: no solo son blanco del odio, sino también de las tecnologías de guerra reconvertidas para la represión interna. Desde la vigilancia digital y la revelación de información personal (doxxing), hasta tácticas de guerra psicológica como la humillación en redes sociales, estas estrategias reflejan la lógica de la contrainsurgencia: no buscan únicamente silenciar la disidencia, sino desmantelar la seguridad, la dignidad y las identidades mismas de quienes son más vulnerables. Para las personas trans y no binarias que defienden derechos, estas herramientas no son abstractas; son amenazas cotidianas que corroen la salud mental, aíslan a la comunidad y ponen vidas en peligro.

Pánico anti-trans en Pakistán

En agosto de 2022, en medio de la inestabilidad política y el empeoramiento de la crisis del costo de vida, los influencers Pakistanís lanzaron una campaña de pánico moral anti-trans. Tomaron prestado el lenguaje de la retórica Republicana de los Estados Unidos sobre la “ideología de género” y lo combinaron con el nacionalismo religioso, enmarcando la existencia de la antigua comunidad trans de Pakistán como una “agenda financiada por Occidente” destinada a destruir el “sistema familiar” del país. A nivel mundial, este lenguaje se utiliza a menudo para representar a las personas trans y de género no conformes como amenazas al llamado orden social “natural”.

En Pakistán, los influencers están atacando a una comunidad centenaria Khawaja Sira (históricamente conocida como hijra) y acusándola de ser una importación extranjera, a pesar de sus profundas raíces en la historia y las tradiciones espirituales. Una comunidad que en su día estuvo vinculada a los santos ahora se le etiqueta como “enferma mental” con un lenguaje tomado de los activistas anti-trans de los Estados Unidos. Esto está provocando una avalancha de violencia local, tanto en línea como fuera de línea, contra la comunidad trans de Pakistán. Pero los defensores de los derechos trans se están organizando y contraatacando.

Aunque los ataques contra los Khawaja Siras no son nuevos — el gobierno colonial británico criminalizó a la comunidad en el siglo XIX — lo que ha cambiado es la narrativa. Los influencers anti-trans comenzaron a citar los boletines informativos de los Estados Unidos y el apoyo de la administración de Biden a los derechos trans como evidencia de que las identidades trans pakistanís formaban parte de una conspiración Occidental. Cuando Trump declaró que “solo hay dos géneros”, algunos influencers lo celebraron, y un podcast se regodeó diciendo: “Adiós, adiós a la ideología de género”.

En septiembre de 2022,  un senador de un partido religioso sostenía que casi treinta mil Pakistanís habían cambiado su indicador de género en virtud de la Ley de Derechos Transgénero. Calificándolo de “Invasión cultural occidental“, hizo un llamado a los “activistas de las redes sociales, YouTubers y jóvenes amantes del Islam” para que subieran un millón de videos en contra de la ley. Este llamado a la acción se convirtió en una prueba de lealtad: oponerse a la Ley de Derechos Transgénero se equiparaba a ser un musulmán paquistaní devoto. Lo que siguió fue un frenesí impulsado por la desinformación, moldeado por la transfobia al estilo estadounidense, pero encubierto por el nacionalismo Pakistaní musulmán. 

El pánico se centró primero en revertir el reconocimiento legal de las personas transgénero, citando afirmaciones falsas como la legalización del matrimonio homosexual. Finalmente, en mayo de 2023, el Tribunal Federal Sharia anuló la autoidentificación de género por considerarla antirreligiosa, aunque la sentencia se encuentra actualmente en proceso de apelación ante el Tribunal Supremo.  La campaña pasó entonces a incrustar la transfobia en la vida cotidiana: destinados a los espacios de mujeres, la educación de los niños y los programas de entrevistas. Los influencers entretejieron la retórica anti-trans en los contenidos sobre estilo de vida para madres de clase media en Instagram, normalizando el odio en los contenidos cotidianos.

La transfobia se convierte en tendencia

En 2022, año marcado por el aumento de la inflación y la inestabilidad política, la clase media urbana de Pakistán enfrentaba una creciente ansiedad sobre su futuro. Influencers anti-trans capitalizaron estos temores, presentando la transfobia como un indicador de estatus de élite.

Una diseñadora de moda difundía mensajes anti-trans mientras vestía su propia marca. Un pódcast religioso que criticaba a las personas trans fue asociado con imágenes de una motocicleta de lujo. Estas expresiones estilizadas de odio, envueltas en una estética de alto estatus, reforzaban roles de género tradicionales. Los hombres aparecían montando motocicletas costosas a través de montañas; a las mujeres, vestidas con ropa de diseñador, se les decía que odiar a las personas trans era la forma de proteger a sus hijos y sus valores. Esta mezcla de frases en inglés, marcas de lujo y valores tradicionalistas convirtió la transfobia en una elección de estilo de vida dirigida a una audiencia urbana descontenta.

Mehloob*, una mujer trans que pasó casi una década como defensora de los derechos trans, mantenía cuidadosamente un perfil bajo. Al ver crecer la ola de odio en línea, observó que los acosadores anti-trans no recurren a evidencia médica: se dirigen a cualquier persona cuya apariencia o voz no encaje con normas de género idealizadas. Esto incluye a mujeres cis con el cabello corto, voces graves o complexiones atléticas. Los troles pakistanís, al igual que sus contrapartes estadounidenses, comenzaron a realizar “transvestigaciones”: analizando fotos o videos para “demostrar” que alguien es secretamente trans. Incluso personalidades de alto perfil como la líder de protestas Mahrang Baloch y el actor Momina Iqbal fueron blanco de estos ataques.

Mehloob* y otros nombres mencionados con un asterisco (*) se han cambiado para proteger la seguridad y privacidad de la fuente. 

Adam Serwer, en su ensayo de 2018,  The Cruelty Is the Point: The Past, Present, and Future of Trump's America, dijo “Su risa compartida ante el sufrimiento ajeno es un adhesivo que los une entre sí, y a Trump…una comunidad se construye al regocijarse en la angustia de aquellos que consideran diferentes, quienes han encontrado en su crueldad compartida una respuesta a la soledad y a la atomización de la vida moderna”.

Las palabras de Serwer también se aplican al contexto de la retórica anti-trans importada a Pakistán. Por ejemplo, cuando se reportan asesinatos de mujeres trans en Internet, es muy común que los comentaristas pakistanís lo celebren como algo bueno para el país. No es la muerte de una mujer trans lo que celebran los trolls en Internet, sino la violencia que la mató.

Muchas cuentas de trolls más pequeñas simulaban violencia anti-trans o hablaban abiertamente de su deseo de acosar a las mujeres trans, a menudo acompañadas de hashtags virales que negaban la validez de la transgeneridad. Sin embargo, en un video, un destacado líder del movimiento anti-trans señaló un cartel de marcha Aurat (de Mujeres) en el que aparecía una mujer trans, calificando a las personas trans de “agenda” que merecía “humillación”. Los comentarios elogiaron la “valentía” del influencer por “proteger los valores islámicos”, lo que ilustra cómo la crueldad se recompensa con capital social.

No ha importado si los influencers anti-trans se burlaban, ridiculizaban abiertamente o humillaban a las personas trans, se les ha elogiado por expresar opiniones anti-trans. A medida que la transfobia se ha ido asociando cada vez más con un estatus social más alto en Pakistán, también han aumentado los ataques en línea contra las personas trans. Inicialmente replicando el lenguaje de Trump o de MAGA que pedían la “erradicación del transgenderismo”, algunos influencers anti-trans Pakistanís han llegado incluso a pedir que se mate a las personas trans.

Las aplicaciones y plataformas, que en su día se diseñaron para conectar a las personas, ahora son herramientas de vigilancia. Los actores anti-trans explotan los metadatos y el alcance del contenido viral para acosar, avergonzar y silenciar. Estas son las herramientas de una guerra digital: no en contra de un enemigo combatiente, sino en contra de personas que reivindican su derecho a existir. En esta guerra, los activistas trans se vuelven tanto extremadamente visibles como intensamente vulnerables, ya que cada una de sus palabras, fotos o amistades es un arma potencial en su contra.

Revelación de información personal (doxxing), amenazas y humillación pública

Los hashtags invalidantes también acompañaban a las fotos del antes y el después de activistas trans que habían realizado la transición. De forma similar a una táctica de troll anti-trans utilizada en los Estados Unidos, las fotos del “antes” se mostraban como “prueba” del “engaño” de las mujeres trans, que (según los trolls anti-trans ) eran “hombres que fingían ser mujeres” para “invadir los espacios femeninos”. A veces, los trolls utilizan el nombre anterior de las activistas trans, es decir, las llaman por los nombres que tenían antes de la transición y que ya no utilizan, como una forma adicional de invalidar su transgeneridad.

El acoso constante en línea, los mensajes de odio y las amenazas generan una carga adicional para la salud mental de los grupos marginados, conocida como estrés de las minorías. Esta tensión adicional, causada por la discriminación y el estigma, se suma a las dificultades ya existentes y con el tiempo desgasta la resiliencia. Para las mujeres trans y otras personas que no se ajustan a estándares de belleza idealizados, los ataques constantes no solo duelen en el momento. También profundizan la duda personal, agravan los síntomas de ansiedad y depresión, y refuerzan la sensación de no ser aceptadas.

Estas tácticas funcionan como armas de género en una guerra de información. Las redes de trolls ahora utilizan la amplificación algorítmica del odio contra los defensores de los derechos de las personas trans. Al igual que las operaciones psicológicas en tiempos de guerra tienen como objetivo desorientar y desmoralizar, el objetivo aquí no es solo la visibilidad de las narrativas anti-trans , sino el control, la humillación y la eliminación de las personas trans.

Zara, una creadora de contenido trans con miles de seguidores en Instagram, fue víctima de la revelación de su información personal (doxxing) después de comenzar a vivir abiertamente como mujer trans. Sus compañeros de escuela compartieron sus fotos previas a la transición en WhatsApp, calificando su existencia de “abominación”. Aunque intentó calmar el odio con humor, el acoso no cesó. Actuaba en las redes sociales utilizando un alter ego de género ambiguo. Mientras actuaba utilizando una caricatura, esto le ofrecía un elemento de seguridad, ya que solo cuando comenzó a vivir abiertamente como mujer trans fue víctima de doxxing, es decir, se filtraron sus datos privados, poniendo en peligro su seguridad. Finalmente, redujo su presencia pública y dejó de publicar contenido como su alter ego.

Mariam* limitó su presencia en línea después de observar cómo otras mujeres trans eran vilipendiadas y fetichizadas en Internet. Le preocupa la seguridad de otras mujeres trans que son más visibles. Oculta su rostro en ciertas reuniones públicas por miedo a que sus fotos se filtren en Internet. Mariam lamenta que las preocupaciones por la seguridad limiten su capacidad para compartir sus momentos de alegría y celebración en línea. Esto hace que se sienta menos conectada con la comunidad y sus amigos.

Arzu, defensora de los derechos de las personas trans, denuncia un aumento de los casos de acoso cibernético y extorsión digital en la provincia de Khyber Pakhtunkhwa, una de las regiones más peligrosas para las personas trans en Pakistán. Entre ellos se incluyen casos de bandas de extorsionadores que crean perfiles falsos utilizando fotos robadas, así como pornografía sin consentimiento. Del mismo modo, una táctica habitual de los trolls en todo el país es crear chats grupales para coordinar amenazas de violencia y revelar información personal de activistas trans.

La defensora de los derechos de las personas trans Bubbles, que ha sufrido acoso en línea tanto por parte de hombres como de mujeres, describe “años de innumerables ataques de ansiedad, sin saber si estaba a salvo al salir de mi casa”. La experiencia de Bubbles refleja un entorno digital cada vez más hostil en el que plataformas como Instagram y X priorizan la participación sobre la seguridad, lo que resulta en la incapacidad de frenar ataques coordinados, dejando a los activistas en una situación vulnerable. Incluso antes de los recientes retrocesos en la moderación de contenidos anunciados por Meta y X a principios de 2025, el uso de las funciones de denuncia de las plataformas no resultaba en la eliminación de contenidos anti-trans en la mayoría de los casos. Esto era aún más evidente cuando los contenidos estaban en lenguas pakistaníes.

Al igual que Maliha, Bubbles se ha visto afectada por la inseguridad. Aunque es consciente de la importancia de su labor de incidencia, las palabras de los trolls torturan sus pensamientos: modérate, sé menos franca, sé menos visible. Se siente “insensible” a las amenazas después de haberlas recibido durante cuatro años, pero reconoce que “no todo el mundo es capaz de lidiar con ellas de la misma manera”. A pesar de los años de ansiedad provocados por las amenazas implacables, Bubbles continúa con su activismo digital y fuera de línea.

Zanaya, activista por los derechos de las personas trans, fue seguida y casi agredida después de dar una entrevista en televisión. Recibió amenazas de chantaje advirtiéndole que no acudiera a la policía. Luego se produjo un segundo intento de agresión. Describió el miedo y la hipervigilancia por temor a ser seguida, lo que la llevó a reducir temporalmente sus compromisos públicos. A pesar del trauma, al cabo de un tiempo se unió a la policía de Punjab como agente de apoyo a las víctimas para personas trans, después de ofrecer orientación voluntaria cuando el departamento comenzó a crear centros de facilitación para poblaciones vulnerables en el 2023.

Supervivencia en medio de un apoyo inadecuado en materia de salud mental

La infraestructura de salud mental de Pakistán es muy deficiente. Muchos profesionales no están capacitados para trabajar con poblaciones marginadas y algunos participan activamente en terapias de conversión, una práctica que ha demostrado ser perjudicial e ineficaz. Una joven trans fue internada a la fuerza en un “centro de rehabilitación”, donde profesionales titulados utilizaron la violencia para intentar “curarla”. Su historia circuló por Internet, hasta que se vio obligada a retirar los videos.

Incluso profesionales que se describen como “trans-friendly” suelen carecer de prácticas claras e informadas, lo que genera desconfianza entre las personas trans. Como consecuencia, muchas se ven obligadas a buscar alternativas propias. Recurren a sistemas de apoyo entre pares: conversaciones informales con amistades, grupos de salud mental dirigidos por pares y espacios seguros donde encuentran más empatía que en la atención formal. Pero esta carga es pesada. Muchas personas trans guardan silencio por miedo a que sus dificultades emocionales se utilicen en su contra dentro de la misma comunidad.

El estrés de las minorías adopta formas tangibles e intangibles: desde amenazas directas hasta el desgaste diario de ver su existencia convertida en “debate” o “ideología”. Incluso cuando reducen su visibilidad para evitar riesgos inmediatos, el impacto psicológico de vivir en un entorno hostil persiste. La depresión, la ansiedad y el TEPT son frecuentes. Se sabe que la atención afirmativa —tanto social como médica— mejora significativamente la salud mental, pero sigue siendo escasa.

Estos son los efectos de una guerra psicológica. Cuando defensoras y defensores no pueden confiar en los servicios de salud, temen ser rastreados digitalmente o recibir amenazas, la frontera entre represión social y trauma personal se vuelve difusa. La ofensiva contra los derechos trans ya no es metafórica: emplea la misma arquitectura de control —coerción, fragmentación y desestabilización emocional dirigida— para minar su bienestar y su capacidad de resistencia.

Mientras el pánico anti-trans importado sigue causando estragos en Pakistán, no podemos quedarnos como observadores pasivos. Debemos 1) exigir a las empresas de redes sociales que implementen una moderación adecuada de los contenidos para detener el acoso y el hostigamiento anti-trans , y 2) apoyar la atención de salud mental trans informada sobre el trauma que rechaza los esfuerzos de conversión traumáticos. Comparte recursos, ponte en contacto con los legisladores y amplifica las soluciones lideradas por personas trans.

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