
Illustración por Sabeen Yameen para GenderIT.org
Creo que nadie se dio cuenta cuando desaparecí. Dejé de hacer monólogos. Dejé de usar mi voz. Nadie preguntó por qué ya no subía a los micrófonos abiertos.
Amigos bienintencionados me han aconsejado no contar esta historia. Dicen que es confusa, difícil de seguir. Que no hay golpes, ni una escena de violación clara. Que no hay cicatrices visibles. Pero esta es la historia de un acosador, sobre todo cibernético, que decidió silenciar a una mujer solo porque no le gustó lo que ella pensaba de él. Por un tiempo, lo logró.
Todo comenzó como una simple molestia cotidiana de una mujer en un espacio dominado por hombres. Solía ir a un micrófono abierto en Shanghái, donde hacía comedia en inglés. El ambiente lo dominaban, en su mayoría, hombres blancos expatriados. Así que cuando un comediante de ascendencia asiática se me acercó, se mostró amable y me pidió mi contacto de WeChat, accedí sin pensarlo demasiado.
Pronto comenzó a escribirme con frecuencia. Su tono era muy familiar, como si se hubiera ganado una confianza que yo nunca le di.
Estaba acostumbrada a que los hombres confundieran mi franqueza en el escenario con una invitación abierta a involucrarme en cualquier conversación que se les ocurriera.
Al ocupar espacio y usar mi voz como comediante, parecía estar diciendo que podía —y debía— tomarme todo con buen humor.
A menudo me interrogaban sobre la censura y la comedia en China. Respondía, con cautela, preguntas sobre la independencia de Taiwán, aun sabiendo que eso podía meterme en problemas serios con el gobierno. Volteaba los ojos cuando hombres —casi siempre blancos— intentaban convencerme de que salir con mujeres chinas era complicado porque estaban «locas». Y me encontraba, una y otra vez, con comediantes que intentaban coquetear, empezando con líneas como: «Eres muy graciosa… para ser mujer».
Pero este tipo —llamémosle Joe— acabó por llevarme al límite. Me pedía favores, contactos laborales y, por supuesto, mi opinión sobre la política taiwanesa. China no reconoce a Taiwán como una nación soberana y amenaza constantemente con invadirla, así que, como taiwanesa trabajando en China, aprender a esquivar preguntas comprometedoras se había vuelto una habilidad de supervivencia. Igual que las mujeres comediantes, que llevan años esquivando el acoso sin enfrentarse abiertamente a sus «colegas».
Joe: Muchos de mis amigos taiwaneses están compartiendo noticias negativas sobre el manejo del virus en China en Facebook. ¿Tú crees que esas noticias son creíbles o falsas?
Yo: Las noticias falsas son un problema global, no exclusivo de un país.
Joe: Pero la mayoría de las noticias falsas son tan absurdas que cualquier persona inteligente se da cuenta de que no son reales.
Yo: Entonces, según tu lógica, ¿estás diciendo que tus amigos taiwaneses no son personas inteligentes?
Joe: No, no quise decir eso. Solo quería conocer la perspectiva de alguien de Taiwán. Tú puedes ver ambos lados. Desde mi punto de vista, yo no tengo prejuicios, porque no estoy metido en la política entre China y Taiwán. Solo observo y saco mis propias conclusiones.
Esto continuó durante un tiempo. Me incomodaba profundamente que me obligaran a hablar en nombre de 23 millones de personas. Al final, perdí los estribos. Le dije que estaba cansada de ese tipo de preguntas, de los favores inapropiados que me pedía constantemente, y que, con todo respeto, no quería seguir hablando con él. Luego lo bloqueé.
Fue una sensación extraña. Rara vez en mi vida me había mantenido firme de esa manera. Cuando los hombres se sentían con derecho a mi tiempo y atención, solía titubeaba y les seguía el juego. Me reía de chistes que no me parecían graciosos. Iba a citas que desde el principio me incomodaban y luego, en silencio, dejaba de responder. Pero esta vez, decir «no» sin rodeos y dar por terminado el asunto me hizo sentir, por un instante, invencible.
Pero esa euforia duró muy poco.
A las pocas horas, recibí un mensaje de un número desconocido. Era evidente que era Joe. Me decía que había «encuestado» a ocho de mis amigos y que todos estaban de acuerdo en que yo estaba siendo «demasiado susceptible».
No tengo idea cómo consiguió mi número de teléfono personal. Tenía amigos que me conocían desde hacía años en Shanghái y que nunca lo habían tenido, porque WeChat era tan popular que casi todo el mundo llamaba y enviaba mensajes exclusivamente a través de esa aplicación. Pero Joe no solo encontró mi número: también rastreó mi correo electrónico personal. Y me volvió a escribir. Esta vez, para pedirme que lo recomendara con un amigo para un trabajo. Porque, claro, eso es lo más lógico que puedes esperar de una mujer que te acaba de bloquearte.
Luego comenzó a seguirme en todas las plataformas en las que tenía cuenta: Twitter, Instagram, LinkedIn, Medium. Comentaba en cada publicación. Uno, en particular, me inquietó profundamente: en Medium escribió, «Me encontré con tu diario. Jeje. Interesante lectura».
Después llegó mi cumpleaños. En el grupo de micrófono abierto, varios comediantes empezaron a felicitarme con un simple «feliz cumpleaños». Entonces apareció Joe, con un mensaje que cortó el ambiente de inmediato: «Feliz cumpleaños, Vickie. Sin rencor».
Los mensajes se detuvieron de golpe. Una de las cómicas del grupo le preguntó qué quería decir con eso. Él respondió que yo lo había llamado racista.
Le pedí al administrador del grupo que lo expulsara. Le expliqué que ya no me sentía segura yendo a los micrófonos abiertos sabiendo que él sabía exactamente dónde estaría.
El administrador, un hombre blanco, me respondió que no creía que fuera «para tanto». Que, probablemente, Joe solo estaba enamorado de mí.
Así que dejé de ir. Me encogí. Como tantas otras mujeres, ante el acoso, ante el hostigamiento, simplemente desaparecí.
Cuatro meses después, en agosto de 2020, estaba en un concierto tributo a AC/DC con un grupo de amigos. Era una gran noche, la estábamos pasando bien hasta que vi a mi acosador al otro lado de la sala. Me sentí incómoda de inmediato, pero a lo largo de la noche, el apoyo de mis amigos y mi novio me ayudó a relajarme y terminamos la noche de buen humor.
De camino a casa, vimos a Joe salir del concierto, solo. Mi novio me miró y me preguntó: «¿Puedo hacerlo?».
Con «hacerlo» se refería al monólogo de despedida que había estado ensayando en la regadera todos los días durante los últimos cuatro meses. Mi novio había sido testigo de primera mano de la ansiedad que yo había sufrido por el acoso y me había confesado que había estado preparando el discurso perfecto para mi acosador. Fue lo más bonito que nadie me había dicho nunca, pero sabiendo lo que sé tras años de ser mujer, acordamos que no era buena idea enfrentarse a mi acosador.
Pero en ese instante, con Highway to Hell tronando y la adrenalina en su punto más alto, la euforia venció a mis instintos de autoprotección. Me escuché a mí misma decirle a mi novio: «Ve por él».
—Sujétame la cerveza —respondió.
No hubo gritos, ni amenazas. Solo se acercó y le dijo, con calma:
—Cuando una mujer te dice que la dejes en paz, la dejas en paz.
Y luego añadió:
—Me avergüenzas de ser hombre.
A la mañana siguiente, desperté con una serie de mensajes amenazantes de Joe, esta vez desde un número nuevo. Mi novio también recibió amenazas por Facebook.
Sé tu ID de WeChat, tu número, tu nombre completo, dónde trabajas, tu nacionalidad. Has convertido esto en algo personal y hostil. Si tu novio quiere ponerse en contacto conmigo con más insultos y amenazas, mis brazos están abiertos :) Te deseo lo mejor.
Viví con miedo y con una sensación de arrepentimiento que me acompañó durante muchos, muchos días. Me despertaba imaginando su próximo movimiento. Esperándolo.
Pero no pasó nada.
Hasta un año después. Extrañaba la comedia. Después de mucho pensarlo, decidí volver al escenario. Un amigo me ofreció participar en un show local, puso mi nombre en el cartel y lo promocionó por WeChat. Estaba nerviosa, claro, pero mis amigos volvieron a aparecer, a apoyarme, a celebrar mi regreso. Fue increíble recuperar mi voz. Sentirla otra vez ahí, proyectándose en una sala, sin miedo.
La noche del martes siguiente, los teléfonos de mi novio y el mío comenzaron a encenderse al mismo tiempo, como fuegos artificiales.
«¿Es verdad?»
«¿Qué demonios está pasando?»
«¿Estás bien?»
Una historia acababa de aparecer en varios grupos de WeChat para expatriados: el testimonio de segunda mano de una mujer que acusaba a mi novio de acoso sexual. El mensaje incluía su nombre completo, su foto y suficientes datos como para identificar su lugar de trabajo.
Joe había vuelto.
Empezó a enviar mensajes en múltiples chats grupales, repitiendo una narrativa fabricada: que mi novio lo había amenazado de muerte. Que era un hombre violento.
La historia tenía todos los elementos para volverse viral: un hombre blanco, supuestamente racista y sexista, manoseando a una mujer china y luego insultándola por no acostarse con él. Era un relato falso, sí, pero narrado con precisión y cargado de la indignación necesaria para sonar real. Gente bien intencionada lo compartía creyendo que actuaban por justicia.
El mismo mensaje fue reenviado al director general de la empresa donde trabajaba mi novio.
Esto nos afectó profundamente a ambos, tanto a nivel psicológico como social. No había ningún espacio en el que yo, como su novia asiática, pudiera defenderlo sin que me vieran como ingenua o, peor aún, sin reforzar las sospechas de todos sobre su supuesta «fiebre amarilla». Cualquier intento de su parte por negar la acusación sonaría a la misma vieja historia de negaciones de las que nos hemos cansado desde mucho antes del movimiento #MeToo.
Solo se me ocurrió una cosa: recopilar pruebas. Junté todas las capturas de pantalla, los mensajes amenazantes, correos electrónicos, comentarios en distintas plataformas, y hasta una grabación del discurso en el que él se retiraba (soy comediante, grabo todo). Con algo de triangulación, incluso conseguí una captura que demostraba que la persona que había iniciado el rumor en WeChat era amiga de mi acosador. Organicé todo en un documento de Google Docs de 14 páginas y lo envié al abogado de la empresa para que lo investigara.
Por suerte, la empresa creyó en mi novio. Tras una llamada tensa con el abogado, mi novio colgó y se quedó en silencio varios minutos. Preocupada, le pregunté qué pasaba. Me respondió: «No debería ser tan fácil». Se refería a que no debería ser tan sencillo librarse de una acusación de acoso sexual.
Pero así es. Así de sencillo. Le expliqué a mi novio, cisgénero y blanco, que ninguna mujer en su sano juicio presentaría una acusación de este tipo sin contar con una montaña de capturas de pantalla y pruebas.
«Estoy acostumbrada a que no me crean cuando me acosan, por eso guardo todas las pruebas», le dije. Él respondió: «Es lo más deprimente que he escuchado en mi vida».
Me tomó tiempo, pero finalmente lo superé. Fui a terapia. Hablé con amigos dispuestos a escuchar esta historia complicada y, sobre todo, a creerme. Y lo más importante: seguí actuando.
Las historias del #MeToo suelen centrarse en el daño físico y psicológico, enfatizando la violencia explícita. Pero lo que siempre me pregunto al leer un relato de #MeToo o sobre un acosador es: ¿dónde desapareció la víctima? ¿En quién se habría convertido si el depredador no hubiera intentado controlar su vida?
Si me hubiera quedado fuera del escenario, mi acosador habría ganado. Su objetivo era silenciarme. Y utilizó el #MeToo como un arma para lograrlo.
Me niego a ceder espacio. En un mundo que intenta callar a las mujeres, usar tu voz es un acto de rebeldía. Así que resiste. Pero, sobre todo, guarda todas las pruebas.
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