Mujer en su escritorio mirando la pantalla de la computadora con mensajes, emojis y bichos saliendo de ella. Mensajes como "teléfono hackeado", insultos y "¡Ja, ja, ja!".

Illustración por Sabeen Yameen para GenderIT.org

Como escritora, estoy familiarizada con las miradas inquietantes del gobierno de Zimbabue que, a través de la tecnología y de las redes sociales, se extienden más allá del océano. Sin embargo, nunca imaginé encontrarme cara a cara con una víctima real de este misterioso ejército digital de acosadores al bajar del tranvía de la calle Spaldina de Toronto, en una mañana primaveral poco soleada. 

—Es una pena que ni siquiera aquí pueda mostrar mi rostro —me dijo con una palmada, un gesto que en Zimbabue simboliza rendición—. Incluso viviendo en Canadá, el país más seguro de Occidente, mi propio iPhone 15 me convierte en un blanco para los acosadores.

Se cree que los acosadores en redes sociales —presuntamente financiados por el gobierno zimbabuense— han creado una cultura de miedo entre ciudadanos críticos del régimen, tanto dentro como fuera del país. Las mujeres activistas, en particular, se han convertido en un blanco fácil.

—Somos las mujeres francas como yo quienes soportamos los insultos digitales más crueles —afirma Anita Moyo*, de 31 años, originaria de Zimbabue, madre de un hijo y residente en Toronto. Oculta su verdadero nombre por temor a represalias contra su familia, que aún vive en Zimbabue.

Cuando intentó presentar una denuncia en la comisaría local de Peel, en las afueras de Toronto, la oficial que la atendió en recepción simplemente le respondió: «Bloquea a la persona en Facebook; no podemos detener a acosadores anónimos en el extranjero».

Los acosadores coordinados en línea lanzan insultos que buscan humillar a mujeres zimbabuenses por su apariencia física y silenciar su voz pública, ya sean activistas políticas o defensoras de los derechos de las mujeres, tanto en su país como en el extranjero.

«Las tácticas de los acosadores suelen culminar con la publicación de fotos o audios falsos a través de X, mensajes de texto o WhatsApp, en los que se muestra a mujeres activistas supuestamente involucradas en relaciones inapropiadas, como salir con hombres casados», afirma.

 

«El ejército de papá»

El grupo de acosadores digitales que opera bajo las órdenes del régimen de Zimbabue es conocido como Varakashi.                                                                                                

En shona, uno de los idiomas locales del país, el término se traduce como “destructores digitales”. Se desconoce cuántas personas conforman esta brigada en línea, pero su existencia quedó al descubierto en 2019, cuando el presidente de Zimbabue, Emmerson Mnangagwa, de 82 años, dejó entrever su respaldo cuando declaró: «Algunos de nosotros somos mayores y no entendemos estas nuevas plataformas tecnológicas. Jóvenes militantes digitales, entren en acción, destruyan a los enemigos del Estado en línea, lideren el debate».

En enero de este año, se reconoció abiertamente que este grotesco ejército de acosadores digitales no solo existe, sino que opera con fondos provenientes de una partida secreta del gobierno de Zimbabue. La aceptación vino de parte de un alto dirigente del partido que ha gobernado el país de forma ininterrumpida durante más de 40 años, quien difundió una carta anunciando la destitución de varios espías digitales conocidos como sus puestos a algunos de los espías digitales Varakashi.

«Confirmó mis peores temores: los acosadores digitales que me enviaron mensajes a través de Messenger en 2024, amenazando con «filtrar» fotos supuestamente íntimas de mí y de mi esposo, no eran individuos aislados. Son parte de un departamento real de acosadores que trabajan para el Estado», afirma Joyce Memba, una activista que lucha contra la detención y el encarcelamiento de mujeres activistas políticas en Zimbabue, al hablar en una protesta frente a la embajada del país en Sudáfrica.

Cuando conocí a Memba en Pretoria, la capital de Sudáfrica, en 2024, estaba más aterrorizada que Anita. Cada vez que se manifestaba con un megáfono frente al consulado de Zimbabue, en medio de una multitud, se cubría el rostro con un paño shaol para ocultar todo excepto los ojos. De vuelta a casa después de la protesta, solía subir a un taxi Toyota destartalado mientras su marido conducía su camioneta SUV, para «despistar a los espías», decía, bajándose un poco el paño para beber rápido un sorbo de café. A diferencia de Canadá, Sudáfrica y Zimbabue están separados por el caudaloso río Limpopo, y están tan cerca que, según los activistas, cuando el régimen zimbabuense quiere localizar a un disidente en Sudáfrica, el acoso en línea es la menor de las preocupaciones de la víctima.

En 2019, cuando el presidente de Zimbabue se jactó de haber ordenado la destitución de los Varakashi —el ejército de acosadores digitales al servicio del Estado—, se desató una ola de abusos en línea y acoso demencial contra quienes eran considerados enemigos del gobierno, la cual ha cobrado notoriedad hasta el día de hoy.

La descripción de su puesto de trabajo es implacable y clara: vigilar a los disidentes dentro y fuera del país, interrumpir los debates en las redes sociales o medios digitales, difundir desinformación rápidamente y neutralizar las críticas al régimen gobernante de Zimbabue», afirma Yasin Kakande, africanista, autor y experto en Zimbabue.

Zimbabue es una pequeña nación situada en el extremo sur de África, con una población aproximada de 16 millones de habitantes. Es un país devastado por la pobreza y con una de las tasas de inflación más altas del mundo, factores que han empujado a casi 4 millones de sus ciudadanos al exilio económico y político en Europa, Sudáfrica, Norteamérica y los países árabes del Golfo. Según el centro de estudios Good Governance Africa, Zimbabue es una de las autocracias más consolidadas del continente, donde los asuntos del Estado son gestionados, en gran medida, por el poder militar. 

 

Modus operandi

 

Los métodos de los acosadores digitales conocidos como Varakashi son descarados y sutiles a la vez. En redes como X o Facebook, sus avatares falsos pueden ser tan absurdos como una berenjena, una espada o una imagen generada por inteligencia artificial que simula el rostro de una modelo asiática. Son tan hábiles en la evolución de su personalidad en línea que un hombre real que trabaja como  ‘Murakashi’ puede transformarse rápidamente en una mujer falsa en línea cuando elige a una víctima, dice Silas Ndaba*, un exintegrante de la brigada digital del Gobierno de Zimbabue, entrevistado por Gender IT con la condición de que su identidad real no fuera revelada.

«Detrás de las imágenes falsas hay personas reales, funcionarios del Gobierno de Zimbabue que subcontratan a jóvenes desempleados para llevar a cabo el sucio acoso digital. El objetivo es avergonzar a los críticos dentro y fuera del país, como yo», afirma Anita Moyo, una de las víctimas. 

Una de las técnicas más eficaces que utilizan los Varakashi  para avergonzar digitalmente a sus víctimas es la burda sexualización.

Este fenómeno se refleja con claridad en la experiencia de Fadzayi Mahere, reconocida abogada de derechos humanos en Zimbabue, apodada Irony Lady. A sus 39 años, Mahere es una prolífica activista por la democracia, exdiputada y figura muy seguida en redes sociales, conocida por su franqueza. Ha sido arrestada en varias ocasiones por el régimen zimbabuense. Cuando en 2021 denunció públicamente las humillantes violaciones a su dignidad menstrual sufridas durante su encarcelamiento en una prisión de mujeres, los acosadores digitales Varakashi desataron una campaña de escarnio en X y Facebook. La atacaron con insultos sexistas, burlándose de su soltería, su edad, y acusándola de ser «una mujer fácil» que deliberadamente «no usa ropa interior».

Zimbabue es uno de los países africanos donde las creencias patriarcales están más arraigadas, y donde  las mujeres solteras mayores de 24 años son estigmatizadas como «mercancía de segunda mano».

«El panorama político de Zimbabue no es fácil ni seguro para las mujeres. Para ninguna mujer, pero especialmente para las jóvenes», afirmó Chipo Dendere, profesora origianria de Zimbabue y que trabaja en el Wellesley College de Estados Unidos, en una entrevista con Al Jazeera sobre el infierno de acoso sexual digital que enfrenta Fadzayi Mahere. «A menudo me quedo sin aliento esperando a que Mahere continúe activa en Internet», lamentó.

 

Acoso prolífico

 

Los Varakashi son extremadamente prolíficos, afirma Kakande, el analista. «Son incansables y, al parecer, no duermen». Cada vez que alguna mujer crítica del Gobierno de Zimbabue publica opiniones denunciando la corrupción, la violencia o la restricción de libertades ciudadanas, losVarakashi aparecen en X, Facebook, Youtube o Whatsapp. En cuestión de minutos surgen cuentas nuevas y sospechosas en las redes sociales, con avatares falsos, que se lanzan directamente a los chats con una oleada de insultos, amenazas y spam que incluye pornografía o estafas financiertas como forex.

Los hilos informativos que abordan temas relevantes para la vida de los ciudadanos zimbabuenses son blanco constante de este spam agresivo, que termina por contaminarlos con enlaces maliciosos e insultos. El debate público se degrada hasta niveles bajos, y en ocasiones incluso se lanzan amenazas directas. Como resultado, muchas mujeres críticas con el régimen terminan autocensurándose, temiendo que sus familias puedan ser vigiladas en secreto.

«En mi caso, recibí amenazas directas en mi bandeja de entrada de X con mensajes como “sabemos con quién te acuestas”», relata la víctima Moyo.

Algunos de los acosadores digitales Varakashi que trabajan para el Estado de Zimbabue a veces cometen errores que los delatan como altos funcionarios del gobierno, quienes llevan un doble papel como acosadores digitales, baratos e irreflexivos, bajo identidades falsas en Internet. Este fue el caso en 2021, cuando Nick Mangwana, portavoz del presidente de Zimbabue y alto funcionario estatal, bajó la guardia por un momento y accidentalmente se delató como acosador al publicar en X desde las cuentas falsas @nicolehondo y @CharityMaodza, ambas afines al partido Zanu PF.

Moyo comenta sobre el incidente: «Fue realmente irrisorio y cruel verlo publicar algo en tiempo real con su nombre real, sin acordarse de cambiar su iPhone o usar sus cuentas falsas, y luego comentar su propia publicación con una cuenta falsa de seguidor», relata la víctima Moyo.

Algunos de los acosadores digitales Varakashi que trabajan para el Estado de Zimbabue a veces cometen errores que los delatan como altos funcionarios del gobierno, quienes llevan un doble papel como acosadores digitales, baratos e irreflexivos, bajo identidades falsas en Internet. Este fue el caso en 2021, cuando Nick Mangwana, portavoz del presidente de Zimbabue y alto funcionario estatal, bajó la guardia por un momento y accidentalmente se delató como acosador al publicar en X desde las cuentas falsas @nicolehondo y @CharityMaodza, ambas afines al partido Zanu PF.

Moyo comenta sobre el incidente: «Fue realmente irrisorio y cruel verlo publicar algo en tiempo real con su nombre real, sin acordarse de cambiar su iPhone o usar sus cuentas falsas, y luego comentar su propia publicación con una cuenta falsa de seguidor».

 

Acoso digital subcontratado

 

«La razón por la que tantos jóvenes expertos en tecnología aceptan el vergonzoso trabajo de acosadores digitales Varakashi al servicio de la policía de Zimbabue es la llamada «pobreza educada», afirma Silas Ndaba*, un exacosador digital que ha decidido romper el silencio para «limpiar su conciencia», según declaró a GenderIT.

Ndaba, de 28 años, tiene un alto nivel educativo, es licenciado en mercadotecnia por la prestigiosa Universidad de Zimbabue. Sin embargo, nunca consiguió un empleo formal hasta que, temeroso por su futuro, aceptó trabajar como acosador digital. Su situación refleja la de millones de millennials en Zimbabue, altamente educados pero desempleados, que sobreviven con trabajos humillantes, como vender cigarros en las calles de la capital. «Solo quería ganar dinero para comer, y me contrataron como Varakashi», relata.

Según Anita Moyo, detenida durante una redada contra manifestantes a favor de la democracia y encarcelada un fin de semana, los Varakashi de Zimbabue reviven de forma cruel el trauma de las víctimas de tortura y la represión estatal que viven en el exilio, en especial las mujeres. La «filtración» de fotos, audios o vídeos, sean falsos o hackeados, junto con cartas íntimas, datos de ubicación, es una herramienta de chantaje en línea que destroza el ánimo de las mujeres que se atreven a alzar la voz en su país y que «nos persigue hasta la diáspora».

«Es una especie de Gran Hermano de Harare que se entromete en tu vida privada en lugares tan lejanos como Toronto, Johannesburgo, Londres o Dubái», afirma.

El fenómeno de regímenes autocráticos africanos que pagan a acosadores digitales para perseguir a activistas disidentes se repite en todo el continente, no solo en Zimbabue, señala Kakande, quien también ha sido víctima de estos ataques desde su Uganda natal. Según él, acosadores estatales le enviaron engaños a través de PayPal y Facebook para obtener información confidencial.

La llegada de la inteligencia artificial y las redes sociales ha creado una industria oscura de actores estatales despiadados, que son subcontratados a bajo costo, que vigilan y reprimen en línea, incluso a africanos exiliados en el extranjero. Ya no se necesitan botas ni espías físicos. 

Con solo un iPhone, un celular Android, una computadora portátil y conexión a internet, una política zimbabuense exiliada en Londres puede ver cómo sus pensamientos son censurados en X, Facebook, Instagram o YouTube por un agente del Estado que actúa desde Harare, a 14,500 kilómetros de distancia.  «Basta con amenazarla con filtrar imágenes falsas desnudas creadas por inteligencia artificial para silenciarla», afirma Kakande.

 

Reflexionando, me di cuenta de que mi propio iPhone, que uso activamente para escribir en Twitter y Facebook, podría ser la puerta de entrada a una avalancha de acoso digital si el régimen de Zimbabue quisiera atraparme. Al terminar este artículo, mientras cortaba verduras para la cena, respiré hondo y pensé: para una mujer zimbabuense en el exilio que no guarda silencio, basta con una sola imagen falsa desnuda generada por IA, difundida en X o Facebook por su propio gobierno, para difamarla, mancillar y silenciarla para siempre.

 

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