Una mujer acostada sobre una tipo manta verde rodeada de un fondo rojo con hoyos de los que salen cámaras de vigilancia, ojos y una mano con un celular que toma una foto.

Illustración por Sabeen Yameen para GenderIT.org

"El acecho digital no comienza en una pantalla: nace tras la historia colonial, patriarcal y racializada que convierte a la mujer latinoamericana en un cuerpo desechable, como si fuera un papel tapiz que puede ser controlado y arrancado a merced”.

En este ensayo-poético, exploro cómo el acecho digital que viví —mediante vigilancia, instalación de aplicaciones y censura de mis publicaciones— es una continuidad de la violencia que muchas hemos enfrentado desde la infancia. También reflexiono sobre cómo las plataformas digitales, las leyes y los algoritmos son extensiones del mismo poder que nos intenta silenciar, y cómo a pesar de ello, resistimos: escribiendo, desobedeciendo y formando comunidades. Este texto es un relato personal y colectivo sobre acecho, control, pero también sobre supervivencia y persistencia."

“There is no greater agony than bearing an untold story inside you.”
― Maya Angelou, I Know Why the Caged Bird Sings

A los veintitantos años no pensaba que me podía pasar de nuevo. Tantas veces había gritado en silencio que nunca más alguien iba a asediar mi cuerpo, embrollar mi mente u obligarme a pensar que mi libertad y voz no debían ser expresadas. Tantas veces había gritado y rechazado en mi mente al violentador de mi infancia, a aquel que me obligaba a sentarme en sus piernas de hombre… que cuando lo enfrenté de nuevo (con otra cara, con otro nombre, y años más tarde) me sorprendí a mi misma al no reconocerlo (con otra cara, con otro nombre, y años más tarde). La sombra estaba ahí, pero escondida tapada en un halo de hombre bueno, de aliado, de revolucionario.

Pensé que el mal que acechó mi infancia (a los seis, a los siete y a los ocho años), no tenía la posibilidad de agrandarse y volver. Que violar mi cuerpo y convencerme con una palabra que era mi culpa, eran los límites de su maldad (si es que en verdad, hay un límite para ella). Pensé que cuando volviera de nuevo y lo enfrentara, reconocería dicha maldad, la vería como es, la recordaría…

Pero la violencia normalizada, la que nos enseña que la culpa es nuestra (de la mujer, de la víctima, del pedazo de papel que se arranca de la pared), nos enseña también que la segunda (o tercera, cuarta y quinta) vez que algo así nos ocurre, una no la logra reconocer, porque nos enseñaron en el pasado que la violencia no fue del violentador, sino de nosotras. Que la maldad reside en nosotras, como una marca que porta Caín en la eternidad. Que la que contiene la mancha es una, que el desgarro nunca sanó.

A los veintitantos años, me ocurrió de nuevo. Más violento, más infame y más institucionalizado. La maldad agarró otra máscara, una más fuerte, una con más poder y más cruel. La máscara del aliado, del hombre revolucionario, del hombre blanco salvador que rescata países latinoamericanos: porque lo importante es salvar el país de (para) los hombres y dejar desgarrada cualquier pared y cualquier tierra que se interponga.

La máscara invadió no sólo mi cuerpo y mi mente; también utilizó el espacio de la intimidad personal y digital. Instalando aplicaciones en mis celulares, haciendo berrinches sobre algunas publicaciones en redes sociales, buscando censurar mi voz de mujer. Instaló en mí paranoia y desconfianza: extendió sus garras y se apropió de todo. No era suficiente invadir mi cuerpo físico, sino que también sentía la necesidad de censurar mi voz, anular mis publicaciones, invadir mis dispositivos, apropiarse de todo mi espacio digital.

¿A quién podía pedirle que hiciera algo? ¿Con quién me quejo? Si no me creyeron cuando me violentaron de niña ¿Por qué iban a creerme ahora? (ahora que soy mujer y que, según ellos, soy la culpable) Si mi cuerpo puede ser violentado, matado y desgarrado como un papel tapiz, ¿Por qué va a importar que también me censuren en redes sociales, que alguien se apropie de mi nombre, que hable por mí, que tome mis fotos publicadas en mis redes sociales y las modifique? ¿Ante cuál ley me voy a exponer? Ante la ley todas somos iguales, pero quién ha de creerme cuando la ley son todos los hombres a la vez.

 

*** 

 


La mujer latinoamericana llega a las puertas de la ley pensando que podrá ingresar a ella sin dificultades, pero nos prohíben el paso, nos tachan de locas e histéricas, de quejarnos por nimiedades. La ley es la escritura de los hombres, las reglas de las redes sociales (escritas por ellos) son mudas ante cualquier queja o reporte. 
 

Porque para ellos la mujer latinoamericana debería comportarse como un papel tapiz. No debería abrir su voz: no debería expresarse por redes sociales, o pedir ayuda a través de sus dispositivos. Tendría que ser un papel tapiz, y mimetizarse con el entorno: ni exclamar, ni gritar. Debería entender su papel y saber que no será bienvenida ante la ley. Si es latinoamericana, si es africana, si es asiática: el hombre, el blanco está ahí para pasearse por su hogar, y ver el papel tapiz como una decoración más mientras lo coloniza, llegando a arrancarlo si le place. 

 

***

 

Las marcas en mi cuerpo y en mi mente persisten. El miedo a publicar algo al respecto, a pedir ayuda, a mandar un mensaje, a hacer una llamada, a usar la Internet. Porque la ley y las reglas de la Internet son del hombre, y ante ellas no somos bienvenidas. El opresor estará siempre por ahí vigilando, buscando, esparciéndose como un líquido que lo invade e inunda todo, que se apropia de las voces marginadas, que censura toda posibilidad de ayuda. Está en el texto, en los márgenes, en las condiciones de uso, en las reglas, en los canales de contacto, en los procesos de moderación. Está ahí en el no creernos, en no leer quejas, en no contestar en los canales de ayuda que ellos mismos crearon. Está en las condiciones de moderación inhumanas e imposibles de apelar. No es solo el cuerpo de la mujer al que violenta, sino también su mente, su espacio y su expresión.

 

Sin embargo, persisto. Todas persistimos. 

 

Utilizas mi nombre como si fuera yo la fuente de vergüenza, tomas mis publicaciones como si fuera yo la que debe ser censurada, violentas mi cuerpo como si yo fuera inerte, te quejas ante los guardianes de la ley como si fuera yo la que cometí un crimen, te infantilizas como si fueras tú el que debe ser cuidado. Y sin embargo, aquí sigo. Aquí seguimos las otras. Tus berrinches no lograron matarme. Tus quejas no lograron censurarme. ¿Te molesta que logré más que tú? ¿Que resistí, que fundé, que encontré a mi comunidad? ¿Pensaste que podías borrar todas mis publicaciones y seguir instalando malware en mis dispositivos? Y sin embargo, aquí estoy escribiendo y haciéndote recordar.

La ley y la Internet no fueron creadas para incluirnos. No somos un papel tapiz ni una decoración para ustedes. Somos voces activas, piernas fuertes que corren, corazones que laten, manos que ayudan. Y resistimos cuando publicamos nuestras historias, cuando mandamos mensajes de ayuda, cuando no nos da miedo abrir nuestra voz.

La mujer latinoamericana es asediada y acosada por la simple la razón de que a los ojos del poder que porta la masculinidad, ella no existe más que como un papel tapiz, mimetizada con el fondo, arrancada de sus paredes, de su hogar, de su tierra y botada o quemada como si fuera cualquier papel. Es sacada de forma violenta de sus paredes, en pedacitos la mayoría de veces, mientras invaden y destruyen cada espacio que fue suyo. No es vista, no es mirada, no es escuchada; existe en el silencioso limbo del desaparecer, donde su nombre es un cartel, un papel, una nota al pie escrita sin su consentimiento.

Por las lágrimas que cayeron suavemente sobre nuestras mejillas. Por las veces que hemos olvidado todo lo que hemos vivido. Por las veces que quisimos hablar pero callamos. Por las veces que la misma sociedad nos obliga a callar: porque no es adecuado, porque no es importante, porque no es útil. Por las veces que nuestros nombres fueron arrancados y violentados. Por las veces que nuestros muslos dolieron. Por las noches que perdimos, la sal que derramamos, la tierra de la que nos arrancaron, el salario que nos robaron, la privacidad que nos allanaron. Por las cicatrices de golpes que aún arden, por las memorias que se niegan a desaparecer.

Porque la memoria impide perder. Y en sí, la memoria es una acción también. Porque del dolor creamos algo mejor: nuestros espacios, nuestras voces, nuestras reglas. El papel tapiz que intentaron arrancar de las paredes se vuelve a elevar: gira y viaja con el viento. Alza sus alas en conjunto a otros papelitos en el aire y siguen esparciendo nuestra voz. Cruzan las fronteras y fundan nuevos lugares donde ya no existe el miedo, porque lo han construido ellas. A través del tiempo, las que vendrán nos mirarán y sabrán que el espacio ahora es seguro. Que nos podemos reapropiar de la narrativa y el espacio digital para desmontarlo todo.

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